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En el momento actual la armonía política es más determinante que nunca, y paradójicamente es cuando se hace más difícil lograrla

¿Cómo puede haber buenas perspectivas si los actores nacionales viven enfrascados en sus disputas estériles, en su guerra de decretos y en su batería de descalificaciones?

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David Escobar Galindo - Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Las circunstancias históricas se van sucediendo en el tiempo sin que casi nunca puedan ser previsibles. Son las características de cada momento las que van armando el rompecabezas de la realidad, y conforme a dichas características hay que ir moviendo las piezas correspondientes, buscando siempre que los resultados sean los mejores, dadas las condiciones que se presentan. Ahora en nuestro país llevamos ya casi cinco meses de anormalidad generada por la pandemia del coronavirus, que ha traído consigo una gran cantidad de efectos de muy difícil control, lo cual ha puesto al país en una situación sin precedentes.

Desde hace algún tiempo estamos en transición política, a consecuencia del descontento ciudadano por el desempeño de las fuerzas políticas tradicionales, y dicha transición, que desde un comienzo ha creado un clima de incertidumbres y de conflictos, tendrá que irse moviendo al ritmo de los aconteceres sucesivos. Esto ha hecho que estemos inmersos en una serie de desencuentros y de crispaciones descalificadoras que enrarecen constantemente la atmósfera nacional.

Es en ese escenario, de por sí tan adverso a los entendimientos y a las comprensiones mutuas, que se nos ha venido encima la crisis pandémica, que trae consigo una gran cantidad de desconciertos y de inseguridades, por su propia indefinición proclive a todo tipo de confusiones y de desatinos, como se ha podido constatar en el agitado curso de las semanas recién pasadas y como sigue viéndose en el día a día. Lo que tenemos, pues, es una especie de trastorno movido por distintos factores, cuya interacción desordenada va haciendo cada vez más difíciles las cosas.

La confusión pandémica, la confusión política y la confusión económica nos tienen atrapados en una trenza de descontroles, y esto se da precisamente cuando la complejidad de la situación está exigiendo prácticas armoniosas y ordenadas, para que las salidas hacia eso que se ha dado en llamar "la nueva normalidad" puedan ser visibilizadas y enfocadas en las formas más inteligentes y eficientes que sean posibles.

Para poder estructurar un mecanismo que nos haga avanzar en la vía correcta por este camino tan tortuoso, lo que se requiere en primer lugar es atar entendimientos políticos y sociales en pro del sano avance nacional. Por eso subrayamos en el título de esta Columna que "en el momento actual la armonía política es más determinante que nunca". Y al respecto, lo que más debería preocuparnos y comprometernos es que la armonía es lo que más brilla por su ausencia. ¿Cómo puede haber buenas perspectivas si los actores nacionales viven enfrascados en sus disputas estériles, en su guerra de decretos y en su batería de descalificaciones? Un poco de sensatez, por favor, es lo que pide imperativamente la ciudadanía consciente.

Las cúpulas de los entes superiores del poder institucional tendrían que entrar, cuanto antes, en fase de urgencia coyuntural extrema, para orientar dinámicas hacia el servicio real y urgente de los intereses del país. Es cierto que la inminencia de las elecciones legislativas y municipales del 28 de febrero de 2021 es lo menos proclive a los acercamientos; pero ahora se trata de una emergencia que debería sobreponerse a todo, porque es la suerte del país y de su proceso lo que está en juego. Y lograr esto ahora, en estas vísperas tan atropelladas, sería además un ejercicio muy ejemplificador de cara a lo que tendrá que ser el manejo de los equilibrios políticos una vez que se defina la composición de la Asamblea Legislativa por venir.

Tenido en cuenta el clima sociopolítico imperante en este preciso momento, puede parecer una ilusión el pretender que las fuerzas se encuentren en el terreno, pero también hay que tener en cuenta que esto no es racionalmente optativo sino históricamente mandatorio. Y si se consiguiera al menos como señal, se tendría un gran avance hacia el mejor tratamiento de las pruebas que vienen en el inmediato futuro. Cuando la dinámica histórica es tan intensa, petrificarse de cualquier forma que sea es autocondenarse a la inviabilidad.

Estamos, pues, en una coyuntura crucial, y eso todos debemos reconocerlo y asimilarlo para ya no seguir insistiendo en los métodos y en las prácticas anquilosantes, que tanto daño le han hecho al país desde siempre. Es hora de evolucionar también en esto.

No perdamos más tiempo en las disputas estériles y en los encastillamientos inútiles. Nuestro proceso tiene su propia lógica, y a ella hay que atender para que las dinámicas nacionales puedan ir dando todo de sí, en función del progreso real.

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  • armonía
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