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Hora nona

A todos Dios nos juzga por las intenciones del corazón.

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Cristian Villalta - Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Dos personas que conocí fallecieron esta semana. Mi pensamiento es para ellos, mi pésame para sus familias.

Sé de otros que lidian o con una manifestación agresiva de los síntomas o con la incómoda verdad de que pese a todos sus cuidados, se contagiaron. Confío que saldrán adelante.

Entiendo que estamos en una fase tal del contagio que hay al menos un positivo en el círculo social o laboral de cualquiera. Pero supongo que esas personas a las que sigo viendo en la calle sin mascarilla, sin distanciamiento, comportándose como lo hacían en febrero, son excepciones a la regla. Eso o son unos inconscientes egoístas que han decidido jugar a la ruleta con su sistema inmunológico. Una pena.

Tres meses y medio después del primer caso positivo en El Salvador, estamos de rodillas. Mucho tuvo que ver la falta de disciplina de la población, y también el desconcierto y desenfoque de las autoridades. Entre hacer politiquería con la emergencia o concentrar a las mejores mentes del país para concertar un esfuerzo nacional, Bukele y su círculo eligieron lo primero.

Por eso en la conversación política en las últimas semanas se habló más de genocidio que de prevención, por eso en las redes sociales cada tres días la tendencia es "imbécil", "malditos" y otras groserías propugnadas por el mandatario o sus ayudantes. En lugar de invertir energías y esfuerzos en asistir a la ciudadanía en este trance, darle seguimiento a las familias dolientes, abundar más sobre los riesgos de la automedicación, en si es válido o no aperarse de kits "preventivos", en resumen en socializar las preocupaciones y dudas que hay en cada hogar, el primer funcionario y sus cortesanos siguen en campaña electoral.

Cualquier ciudadano está en su derecho de participar en la contienda electoral. Y nos equivocamos al ridiculizar a los que lo hacen; ese pudor pueblerino de no intervenir en la discusión pública, de dejar virgen todo el espacio que correspondería a nuevas corrientes y visiones de pensamiento, ha facilitado a gente de la ralea de un Ciro Cruz Zepeda, de un Guillermo Gallegos o de un José Luis Merino enquistarse a cada quien en su momento en la explotación de una parcela del poder. Que el interesado en meterse al juego partidario sea una persona poco preparada académicamente, tenga ideas que nos parecen inadmisibles o posiciones sospechosas por ambiguas es material de un asunto que se conoce como democracia.

Pero los que ya detentan un cargo en la administración pública deberían rigurosamente evaluar su participación en el ejercicio electoral; por un lado, es imposible darle buen servicio a la ciudadanía si inviertes tu tiempo en preparar tu narrativa, conocer el territorio y afinar tu plataforma, o bien la de tu partido. Y por el otro, si el rol que ocupas en un Gobierno es tan poco satisfactorio como para dejarlo luego de un año y medio, ¿adónde está tu compromiso profesional?

Eso es teoría. En la práctica, la cosa es más cruda. Si el país está ahora sí en el ojo de la pandemia, ¿qué de ético hay en interrumpir el voluntariado con la población por tus aspiraciones a una curul o a un concejo? Si en algo pudo distanciarse esta administración de las anteriores fue en demostrar que a sus cuadros más importantes les interesaba el servicio público y no la contienda electorera. Pero qué va, están tan a la altura como la sucesión de personajes areneros y efemelenistas a los que dibujaron de pies a cabeza y con toda razón como unos miserables aprovechados.

Después de todo el blablá, en la hora nona, los mastines de Bukele resultaron de la misma manada que los de Saca y Mauricio Funes.

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