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La madurez y la sensatez son factores claves para un buen gobierno y para una sana evolución nacional

Al Presidente de la República, le toca dar el principal ejemplo de las sanas prácticas, poniéndole coto al nepotismo, a la opacidad administrativa...

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Como es absolutamente evidente por las experiencias que va dejando la realidad en el día a día sucesivo, los salvadoreños estamos enfrentándonos a desafíos y a pruebas constantes en distintos aspectos de nuestra dinámica propia como sociedad y como institucionalidad. Esto no es nuevo, pero hoy el flagelo pandémico ha hecho que prácticamente lo que se creía conocido y controlable haya sido puesto en cuestión por los hechos, frente a los que no queda casi ninguna seguridad, lo que hace que nos hallemos en terrenos desconocidos que hasta hace muy poco hubieran parecido inimaginables. Y lo más revelador de todo esto que pasa es, de entrada, la evidencia de que estamos ante una situación de características globales, que aunque no es igual en todas partes, sí comparte la indefinición y la incertidumbre por doquier. Nada de esto permite que puedan funcionar las antiguas evasivas ni los acostumbrados disimulos. Hoy, inevitablemente hay que enfrentar los hechos como son y como pueden seguir siendo.

La pandemia y sus efectos impiden que funcionen las medias tintas y todas las formas de repentismo e improvisación, que tanto se han utilizado entre nosotros, para empezar en los más altos niveles del poder político. Y en estas condiciones, se necesita ir ordenando todas las actitudes y todos los procedimientos, en los diversos ámbitos nacionales, para tener al menos la capacidad mínima para ir sacando al país adelante.

Este es el momento en que la madurez y la sensatez de todos aquellos encargados de la conducción del país, comenzando por el Presidente de la República, en compañía de los liderazgos de los otros Órganos fundamentales del Estado, deben hacerse sentir y valer de manera inequívoca, para que las soluciones posibles afloren y los resultados comprobables se manifiesten. Si esto no se da, como desafortunadamente pareciera por las discordias, los caprichos y los aferramientos que están a la orden del día, nuestro proceso, que se ha mantenido en pie pese a todas las adversidades, podría entrar en fase de desarticulación irreversible. Y esto hay que evitarlo a como dé lugar, para bien del país y de su gente.

Al Presidente de la República, le toca dar el principal ejemplo de las sanas prácticas, poniéndole coto al nepotismo, a la opacidad administrativa, a los golpes de efecto puramente circunstanciales, a la descoordinación de los quehaceres públicos, a las obsesivas descalificaciones, entre otros vicios que desnaturalizan al sistema. La misma dinámica de nuestro proceso nos impulsa y nos conmina a actuar entre todos con racionalidad estricta, de tal forma que sean los intereses nacionales y ciudadanos los que siempre queden a salvo.

Nuestro país, que sufre una crisis tan sobrecargada de deterioros de diversas índoles, requiere y merece más que nunca que no nos perdamos en disputas inútiles ni en incomprensiones tendenciosas. Todos los liderazgos, comenzando por el gubernamental, deben volverse promotores del orden, del respeto y de las apuestas visionarias. La inmadurez y la insensatez deben quedar definitivamente fuera de todas las conductas nacionales para avanzar hacia un auténtico futuro, que nos abarque a todos y nos beneficie a todos.

Cualquier forma de regresión, ya sea en los comportamientos o en los planteamientos, significaría un retroceso de proporciones incalculables, porque ahora, además, los tiempos van a un ritmo sin precedentes.

Es por lo anterior que insistimos en enfatizar la madurez y la sensatez como claves insoslayables del progreso que tanto anhelamos y tanto necesitamos, sin distingos de ninguna índole. Si seguimos esa línea iremos de veras hacia adelante.

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